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J. ECHENOZ (2007). RAVEL. Barcelona: Anagrama.

La narrativa francesa ha mostrado en las últimas décadas un gran interés por los relatos de perfil biográfico, a lo que Truman Capote denominara novelas de no ficción. Ravel de Jean Echenoz se enmarca en esta tradición de Rimbaud el hijo de Pierre Michon, o más recientemente de Limónov de Emmanuel Carrére y Lennon de David Foenkinos. El autor de Ravel inauguró con este relato una trilogía sobre personajes históricos que continuaría con Correr (en torno al atleta Emil Zátopek) y Relámpagos(sobre el científico Nikola Tesla).

El relato se centra en los últimos diez años de la vida de Ravel, iniciándose la narración en el momento en que el compositor va a viajar a América. Jean Echenoz reconoce en entrevistas concedidas que narra esta época final por poder enmarcar así los momentos de esplendor y fragilidad de Ravel, en definitiva por acentuar los aspectos dramáticos del personaje, y en apenas 128 páginas lo consigue plenamente.

En esta breve novela encontramos al ser de carne y hueso, fumador empedernido de cigarrillos gauloises, que vive con dos gatos siemeses. Ravel es escasamente religioso y tiene una mínima vida amorosa. Echenoz enfatiza la importancia que el compositor tenía en la sociedad de su tiempo, el tratamiento que le dispensaban las autoridades, la sociedad y los círculos intelectuales. Ravel viajaba en tren en coche de primera, se alojaba en suites de lujo y en el trasatlántico France que le llevaría a América ocupa una maravillosa suite.

Y junto a estos aspectos, Echenoz ilumina su dimensión musical. El proceso compositivo de Ravel es muy lento, alejado de cualquier pretensión de inspiración. En este sentido esta dificultad del compositor se narra con estas palabras: “Le consta que eso no es nunca así, que no funciona nunca así, que la inspiración no existe, que únicamente se compone en un teclado. Tanto da, como es la primera vez que se halla ante tal espectáculo, tampoco cuesta nada intentarlo. Sin embargo, al cabo de un rato, resulta que no surge ningún tema y Ravel también empieza a cansarse”.

Resulta muy interesante la escena en la que Ravel interpreta en el pianodel trasatlántico y cómo Echenoz enfatiza la heterodoxia técnica del artista: “Ligeramente sentado bajo el teclado, que sus manos no dominan sino que abordan de plano como en contrapicado, la palma por debajo de las teclas, pasea por ellas sus dedos demasiado cortos, muy nudosos, una pizca cuadrados. Si bien son ineptos para los pasajes de octava, cuentan en sus filas con pulgares excepcionalmente vigorosos, pulgares de estrangulador que se dislocan fácilmente, situados muy en lo alto de la palma, muy alejados del resto de la mano y casi tan largos como índices. No son auténticas manos de pianista ni tampoco posee una gran técnica, se advierte que no practica, toca de un modo rígido, atropellándose todo el rato. El que se las componga tan mal con un piano se explica también por la pereza de la que no se ha sustraído nunca desde la infancia: él, tan liviano, no tiene ganas de cansarse con un instrumento tan pesado”.

Ravel es muy humilde y acepta de buen grado las críticas recibidas. Comprende que Milhaud y el conjunto de compositores más jóvenes rechacen su obra e incluso manifiesta su perplejidad ante el triunfo inesperado de su bolero. Pese a ello, se muestra inflexible ante las libertades adoptadas por los intérpretes en la ejecución de sus obras. En este sentido, Ravel tiene un desencuentro con Arturo Toscanini cuando el director interpreta su Bolero a una velocidad de vértigo; y con el pianista Paul Wittgenstein (hermano del filósofo Ludwig), momento espléndidamente narrado en la novela:

“Se acerca lentamente a Wittgenstein, no se le ha visto semejante cara desde que fue a hablar con Toscanini. Pero esto está mal, dice fríamente. Esto está fatal. No es esto en absoluto. Escuche, intenta defenderse Wittgenstein, soy un viejo pianista y, francamente, esto no suena. Pues yo soy un viejo orquestador, contesta Ravel con tono cada vez más gélido, y puedo asegurarle que sí suena”.

Y esta disputa en torno a la misión del intérprete vuelve a reavivarse con Paul Wittgenstein. Ravel, con una inflexibilidad en la línea de Stravinsky, diría: “Los intérpretes son esclavos”.

Por las páginas de la novela se deslizan nombres históricos de la música, apenas casi rozados: Gershwin, Casadesus, Viñes; al tiempo que incursiona en el ámbito literario, narrando el encuentro con Conrad o comparando a Ravel con William Faulkner: “Ravel tiene la contextura de un jockey, es decir, de William Faulkner que, en el mismo instante, reparte su vida entre dos ciudades -Oxford, Mississippi, y Nueva Orleans-, dos libros -Mosquitos y Sartoris- y dos whiskies -Jack Daniel’s y Jack Daniel’s”.

A pesar de que la narración se centra en los últimos diez años del compositor, Echenoz bucea en flash back en la vida de Ravel y focaliza esta búsqueda en el deseo que tenía el maestro de ser bombardero aéreo en la gran guerra de 1914. No tienen en cuenta su alegación de escaso peso y, tras mucho insistir, tiene que conformarse conduciendo convoyes militares.

El final ya lo conocemos; o mejor dicho, apenas nadie conoce. Se sabe que padeció unprogresivo alzheimer y que médicos reputados del momento fueron consultados y que incluso uno de ellos recomendó operarle. Y lo operó, si bien no sirvió para nada: abrieron y cerraron sin realizar intervención alguna. Lo que sí se sabe es que Ravel murió diez días después de ser operado.

Podéis consultar también Música y narrativa: novelas sobre grandes compositores