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El nacionalismo musical del siglo XIX es una corriente que florece desde el romanticismo. En este sentido nos encontramos ante compositores románticos que abordan algunos elementos propios de la música nacional (sus danzas características, sus ritmos o giros melódicos). Por eso conviene dejar claro que el nacionalismo musical en sí mismo no es un estilo. También hay que aclarar que es frecuente que para hablar de esta corriente musical se cite a Grieg, Mussorgski, Smetana, Dvorak, etc., pero el nacionalismo era una seña de identidad del romanticismo y, por ello, compositores como Chopin o Liszt hicieron incursiones en el mismo a través de las mazurcas o polonesas (Chopin), rapsodias húngaras (Liszt) e incluso el propio Brahms en obras orquestales. Al mismo tiempo hay que subrayar que los compositores que seguidamente esbozamos conjugan el tratamiento de los aspectos románticos con la indagación en lo folclórico, por lo que en ocasiones pueden tener obras sin identidad nacionalista. En esta entrada nos aproximamos a los compositores románticos del nacionalismo de primera generación (los nacidos antes de 1850).

Comenzaremos este panorama por el noruego Edvard Grieg (1843-1907), compositor que tras estudiar en Leipzig volvió a Christiania (actual Oslo). Richard Nordraak le influyó decisivamente en su decantación por la música popular noruega. Grieg se caracteriza por su gran lirismo melódico, por el uso de ritmos y danzas populares del folclore noruego, por una armonía colorista que adelanta el impresionismo. En palabras del propio Grieg, “los ritmos son unas veces fluidos y flexibles, prestándose al rubato y correspondiendo a la fantasía y al sueño sentimental y otras son rudos y categóricos, tomados de las danzas populares: el springdan de tres tiempos, el halling de dos… Las melodías son originales y su modo flota a veces entre el mayor y el menor; unas son ingenuamente diatónicas y otras están matizadas de cromatismo”.

Al margen de una sonata y una balada y desde luego su importantísimo concierto para piano y orquesta, la obra pianística de Grieg destaca por las miniaturas que integran sus diez cuadernos de “Piezas líricas”. Estas obras constituyen un arte musical de la concisión, impregnadas de riqueza melódica y sutileza armónica. Son 66 piezas compuestas desde 1867 hasta 1901. Podemos citar piezas como la inicial “Arietta” (cuaderno 1), “Danza de las hadas” (cuaderno 2), “Mariposa” (cuaderno 3), “Vals-Impromptu” (cuaderno 4), “Pastor”, “Nocturno” y “Toque de campanas” (cuaderno 5), “Fantasma” y “Retorno al país” (cuaderno 7) “Melancolía” (cuaderno 8), “Vals melancólico” con acordes de novenas y décimoterceras (cuaderno 9), “Paz de los bosques” y “Recuerdos” con la armonización de la melodía de la “Arietta” inicial (cuaderno 10).

Grieg conjuga la confidencia de carácter schumanniano con algunos ritmos y sonoridades populares de su Noruega natal. Al mismo tiempo alterna las melodías de cierta ensoñación con ritmos poderosos algo marciales. En las últimas décadas va recogiendo armonizaciones con ecos impresionistas.

Bedrich Smetana (1824-1884) fue un importantísimo compositor checo que compuso ya en su juventud piezas breves como las “Bagatelas e impromptus”, “Hojas de álbum”, “Bocetos”, las “Seis danzas características” dedicadas a Liszt y también con apenas 22 años la “Sonata en sol menor”, obra de mayores pretensiones formales. No consiguió hacerse un hueco entre los concertistas del momento, debiendo crear una escuela de piano en Praga que tuvo éxito entre el círculo de músicos nacionalistas y entrando a trabajar al servicio del antiguo emperador Fernando. Se marchó a Suecia durante unos años, lugar en el que alcanzó cierto reconocimiento y donde inspirado por el amor de Fröjda Benecke compuso piezas pianísticas como Macbeth y las brujas.

Smetana es el padre del nacionalismo musical checo fundamentalmente por su aportación en obras orquestales como el poema sinfónico “Mi patria” y por óperas como “La novia vendida”. Esta inspiración nacional le acercó de forma habitual a la polca (danza típica checa) que le acompañó durante toda su trayectoria, componiendo dos cuadernos de “Danzas checas”, el primero de ellos dedicado a las polcas y el segundo a la recopilación de diferentes danzas populares del país. En 1874 Smetana se quedó sordo, aunque ello no le impidió seguir componiendo piezas para piano como los ciclos de Danzas checas o el ciclo titulado “Sueños”.

Antonin Dvorak (1841-1904) fue también un compositor bohemio que fundió elementos de la música romántica de Schumann y Brahms con aspectos propios de la tradición musical eslava. Dvorak se mantiene vigente en el repertorio gracias a sus nueve sinfonías y a su magnífica música camerística.

La obra para piano de Dvorak es generalmente miniaturista, con piezas de inspiración schumannianas y eventualmente con ecos de Chopin. Destacan sus ciclos de “Doce siluetas opus 8”, las “Trece impresiones poéticas opus 85” y las “Ocho humorescas opus 101” compuestas en su estancia en Estados Unidos, lugar en el que fue director del conservatorio de Nueva York. Conviene destacar su aportación al repertorio para dos pianos con sus dos colecciones de “Danzas eslavas”, en las que, a diferencia de Smetana, el autor compone los temas a partir de los giros melódicos populares.

Mily Balakirev (1837-1910) fue el gran animador del “Grupo de los cinco”. Su catálogo pianístico brilla por su Fantasía oriental “Islamei”, compuesta en 1869 y estrenada el mismo año por Nikolai Rubinstein. “Islamei” es una obra de enorme dificultad que abordaba temas populares del Cáucaso con un estilo y técnica lisztianos, encontrando gran aceptación por parte del autor de las “Rapsodias húngaras” y que se mantiene actualmente en el repertorio. De la etapa final destaca la “Sonata en si bemol menor” (1905). Balakirev compuso piezas de inspiración chopiniana como 7 mazurcas, 7 valses, 3 scherzos y 3 nocturnos.

Modest Mussorgski (1839-1881), miembro del “Grupo de los cinco” fue un gran virtuoso del instrumento. Ha pasado a la historia del piano gracias a la composición de “Cuadros de una exposición” como homenaje pianístico a su amigo y arquitecto Viktor Hartmann. Al margen de esta colosal obra de 1874, Mussorgski compuso interesantes piezas de juventud como “Recuerdo infantil” o “Intermezzo en modo clásico”, así como piezas valiosas en su etapa final (cuando estaba retirado en la costa de Crimea) que apenas suelen interpretarse y que merecerían mayor atención: “Meditación”, “Una lágrima” o “En la aldea” (escuchar a Maria Yudina interpretando “Una lágrima” y “Meditación” de Mussorgski es una experiencia ya de por sí inenarrable).

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893) fue un compositor ruso que en puridad no corresponde al romanticismo nacionalista en cuanto que apenas desarrolla los elementos propios del folclore musical ruso. No obstante, preferimos ubicarlo en este apartado. Tras estudiar en San Petersburgo con Anton Rubinstein, fue profesor del Conservatorio de Moscú antes de quedar bajo el mecenazgo de Nadejna von Meck para dedicarse completamente a la composición. Su producción más relevante es de carácter sinfónico y su obra para piano de más calado es de carácter concertante: su célebre concierto para piano y orquesta nº 1.

Su catálogo para piano solo consta de dos sonatas apenas programadas en el repertorio actual y de algunos ciclos de piezas breves entre las que destacan: “Las estaciones”, compuestas por encargo de la revista “Le nouvelliste” que las fue publicando mensualmente a lo largo de 1876. Poco después escribió las 24 piezas que conforman el “Álbum para niños” que tienen un carácter pedagógico y fueron dedicadas a su sobrino. Según dijo en carta aNadejna von Meck, “Quiero hacer una serie de pequeñas piezas, muy
fáciles, con títulos que gusten a los niños, como Schumann”. Poco antes de morir en 1893 finalizó un conjunto de 18 piezas de las 30 que tenía proyectadas. En 1886 Chaikovsky había compuesto la única obra qe por su estilo podría corresponder a algún miembro del “Grupo de los cinco”, la “Dumka opus 59” dedicada al pianista francés Marmontel y que estrenó póstumamente Blumenfeld.