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Cuando Schubert compuso sus impromptus y Chopin sus nocturnos, ya otros compositores habían bosquejado obras con estos géneros. Corresponde al irlandés John Field la invención del nocturno en 1812 y al checo Jan Vaclav Vorisek la primera publicación de una pieza titulada como impromptu. Igualmente antes de que las polonesas brillaran con Chopin, Maria Szymanowska y Carl Maria von Weber habían explorado con polonesas próximas al color romántico.

El romanticismo es un estilo musical poliédrico que se desarrolla durante todo el siglo XIX (e incluso en algunos compositores llega hasta bien adentrado el XX), mostrando múltiples bifurcaciones y tocando tangencialmente corrientes muy heterogéneas de la creación musical. Si en sus inicios puede incluso mostrar cierta influencia procedente de las líneas transgresoras de C. P. E. Bach y de sus ideas asimétricas e improvisatorias cargadas de expresión, a lo largo del XIX el romanticismo llega a ser fronterizo con la primera oleada del nacionalismo musical y, al aproximarnos al siglo XX, con un postromanticismo que bordea en ocasiones un lenguaje más moderno (Scriabin) o un simple romanticismo tardío (Rachmaninov o Sibelius).

Los compositores románticos centrales son aquellos que nacen en el primer tercio del siglo XIX. Entre los años 1809 a 1813 nacerían nada menos que Mendelssohn (1809), Chopin, Schumann (ambos en 1810), List (1811), Wagner y Verdi (los dos máximos representantes de la ópera romántica en 1813). Si dejamos al margen a Brahms y Schubert (particular caso de hibridación compositiva), la producción nuclear pianística del romanticismo gira en torno a los cuatro compositores citados nacidos entre 1809–1811. En estas líneas vamos a tratar sucintamente de los compositores que en cierta medida anunciaban lo que iba a ocurrir en el nuevo estilo a partir de 1830.

Compositores clásicos con un romanticismo tardío

En primer lugar, debemos decir que hay un grupo de compositores que pertenecen fundamentalmente a la época clásica y que desarrollan gran parte de su obra en los cánones estilísticos del clasicismo. No obstante, algunos de ellos muestran a partir de 1800 novedades que apuntan a una intensificación de la expresión y del sentimiento (en ocasiones incluso enraizado con el estilo de C. P. E. Bach y su Enfindsamer Stil) y cierto gusto por la creación de piezas de carácter y de formas breves.

En esta línea Tomasek (1774–1850) fue un compositor bohemio que, si bien tenía un estilo eminentemente clásico, introdujo como aportación la pieza de carácter: églogas, ditirambos y rapsodias. Se trataba de títulos que en su mayoría recuperaban formas poéticas de la antigüedad y que servían para componer piezas breves. Las rapsodias tuvieron éxito posteriormente entre los jóvenes compositores románticos. Buena muestra es la Égloga nº 2.

Por su parte, Hummel (1778–1837) era heredero de la técnica mozartiana y había profundizado en la diferenciación tímbrica del instrumento, dotando de gran expresividad a obras como la importante sonata en fa sostenido menor opus 81, pieza muy elogiada por Robert Schumann y que el compositor alemán estudiaba habitualmente.

Otros compositores procedentes del clasicismo como Clementi (1752–1832) con sus Dos caprichos opus 47 compuestos en 1821 o Dussek también contribuyeron en la transición al romanticismo en las primeras décadas del siglo XIX. El checo compuso obras prerrománticas como la sonata opus 44, titulada “Los adioses” y publicada por la editorial francesa Pleyel en 1800, cuyos compases iniciales son claramente románticos. Por su parte la sonata opus 61, subtitulada “Elegía armónica sobre la muerte de su Alteza Real el Príncipe Luis Fernando de Prusia”, quien había sido su discípulo, y finalmente la sonata conocida como “El retorno a París”, ambas igualmente con claras premoniciones del romanticismo por sus pasajes expresivos y patéticos, cargados de agitación y lirismo y por sus armonías modulatorias avanzadas.

No vamos a extendernos en este apartado en la obra de Beethoven, cuyos periodos heroico y tardío introspectivo poseen claras conexiones con el romanticismo. Cabría citar entre muchas otras anticipaciones la “schumanniana” sonata 28, el arrebato lisztiano de la sonata 32, el capítulo abierto con el conjunto de sus bagatelas, etc. Un apartado especial merecería el vienés Franz Schubert, quien crece musicalmente en la plena madurez de Beethoven y consecuentemente en la paulatina extinción de la forma clásica. Nos remitimos a la entrada que en su día dedicamos a Schubert

Compositores románticos olvidados y marginales

El canon del romanticismo centroeuropeo se ha construido en torno a sus figuras centrales, partiendo de Schubert (un compositor que resultó precisamente marginal en la Viena de su tiempo) y a los gigantes del piano: Chopin, Schumann, Liszt y posteriormente Brahms. Pero conviene no olvidar que en torno a 1810, (dos décadas antes de que florecieran obras canónicas del repertorio romántico como el Carnaval o la Fantasía opus 17 de Schumann; los Estudios opus 10 o la 1ª balada de Chopin…) una serie de compositores estaban realizando interesantes aportaciones para el nacimiento del nuevo estilo. Entre ellos debemos mencionar al irlandés John Field, al alemán Carl Maria von Weber, a la polaca Maria Agata Szymanowska y al checo Jan Vaclav Vorisek.

El dublinés John Field (1882–1937) había trabajado con Clementi en las tiendas londinenses del italiano. Su trabajo consistía en mostrar las bondades de los pianos que se vendían. Era un comercial dedicado a intentar que los potenciales clientes adquirieran aquellos pianos. Louis Spohr rememora a Field con las siguientes palabras: “Todavía recuerdo tras presenciar una de esas veladas–, la figura de aquel joven pálido y demasiado grande para su edad, al que no he vuelto a ver desde entonces. Cuando Field, a quien la ropa le quedaba pequeña, se sentaba frente al piano, estiraba los brazos hacia el teclado y las mangas se le subían casi hasta los codos, y entonces daba la impresión de ser sumamente torpe y rígido; pero cuando comenzaba a tocar, todo lo demás se olvidaba; uno se volvía todo oídos”.

Fiel se marchó de gira junto a Clementi por toda Europa y finalmente se quedó en Rusia para hacer una carrera independiente. Compuso su primer nocturno en 1812 tras cierta indefinición sobre el nombre a utilizar, ya que en ocasiones se hablaba de romanza. Pero finalmente Field compuso 18 nocturnos y acuñó este nuevo género, en cierta medida en paralelo al gusto romántico por los ambientes oscuros (por ejemplo los “Himnos a la noche” de Novalis).

La novedad que aportó el compositor irlandés con estas piezas consistió en la división de la mano izquierda entre los registros graves para el bajo y registros medios para una continuidad armónica, dejando libertad melódica de carácter vocal a la mano derecha. En cierta medida Czerny cuando habló por primera vez del género “nocturno” en 1830 lo identificaba con una forma preeminentemente vocal. La estructura de este género solía ser tripartita (A-B-A) de gran sencillez, casi siempre subordinada a las invenciones y florituras melódicas.

Robert Schumann destacó la importancia de Field por la creación de ambientes musicales gracias a la novedad de sus pedales. Igualmente, Chopin los estudiaba y también los recomendaba a sus alumnos para que mejoraran el legato y el sonido cantabile de la melodía. Hans von Bülow también ensalzaba la obra de Field destacando la delicadeza de sus matices y pulsación. La gran novedad de Field era desde luego una exploración personal en una música expresiva de matices tímbricos, una indagación que rompía la objetividad de los esquemas clásicos en favor de una subjetividad artística incipiente, tal vez todavía más pendiente de la sutileza sonora que de una renovación estructural.

La obra pianística del alemán Carl Maria von Weber (1786–1826) está eclipsada en gran medida por su aportación al nacimiento de la nueva ópera romántica alemana. Su paso por Praga como director musical del Teatro de la ciudad checa y posteriormente como Kapellmeister de la Ópera de Dresde resultó definitivo para la composición de sus óperas “Der Freischütz”, “Euryanthe” y “Oberon”. Para el piano compuso importantes colecciones de variaciones, así como un conjunto muy apreciable de obras para 4 manos. Igualmente contribuyó al repertorio para teclado con la “Invitación al vals” y una Polonesa opus 21, así como la “Polacca brillante” opus 72, que ya tienen parte de las ideas de la polonesa romántica que desarrollará Chopin. La transición del clasicismo al romanticismo puede observarse en sus 4 sonatas (compuestas entre 1812 y 1822) en las que existen múltiples huellas beethovenianas. Destacaremos de las sonatas los movimientos 1º y 4º (“El infatigable” en palabras de Weber por su sucesión de semicorcheas permanentes) de la sonata nº 1; el poder orquestal del primer movimiento de la sonata nº 2, que augura los elementos operísticos de la obertura de “Der Freischütz”; y el carácter lírico del movimiento inicial de la sonata nº 4.

La polaca Maria Agata Szymanowska (1889–1931) comenzó sus giras concertísticas a partir de 1810. Como otras mujeres compositoras de la época tuvo que enfrentarse a ciertos prejuicios para poder dedicarse completamente a la música. Tras giras por las principales capitales europeas, se estableció en Rusia desde 1828 donde fue nombrada primera pianista de los zares. Szymanowska recogió aires populares de su Polonia natal, componiendo una importante serie de 24 mazurcas, así como polonesas que auguraban a Chopin. También compuso algunos nocturnos conforme al nuevo género inaugurado por Field. Szymanowska, como buena representante del romanticismo, era asidua de los ambientes poéticos, encontrando un gran admirador en Goethe -quien le dedicó un poema- y siendo amigo de Mickiewicz, gran estandarte de la poesía polaca del siglo XIX (poeta en el que se basó Chopin para crear su Balada nº 1).

Jan Vaclav Vorisek (1791–1825) tocaba el piano, el órgano y el violín, al mismo tiempo que alcanzó una amplia formación humanística estudiando Derecho y Filosofía en Praga. Tuvo como profesores de piano a Tomasek en Praga y a Hummel en Viena. Llegó a ser organista de la capilla imperial de Austria en 1824. Su producción para piano se centra en obras breves que auguran el repertorio del romanticismo: mientras que las 12 Rapsodias opus 1 tienen el carácter de las piezas de Tomasek, los Seis Impromptus opus 7 cuentan con aires típicos de la música schubertiana del momento. Vorisek fue el primer compositor que otorgó la nomenclatura de “impromptu” a una pieza musical al publicar en 1822 el Opus 7, si bien la idea inicial para estas piezas había sido titularlas como Églogas siguiendo la tradición de su maestro Tomasek. También resulta de gran interés la Sonata en si bemol menor, obra injustamente olvidada. Impregnada del carácter del Beethoven del periodo heroico, esta sonata se caracteriza por la ausencia de un movimiento lento, circunstancia si cabe acentuada por el final “allegro con brio” que culmina con una coda en permanente aceleración.