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Con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven, la Semana Cultural del CPM Francisco Guerrero está recordando al compositor alemán. Entre las actividades programadas, el Dpto. de Piano ha celebrado un concierto de alumnos con diferentes piezas de Beethoven. Los alumnos de Literatura del Piano han participado en este concierto glosando las obras interpretadas con algunas acotaciones biográficas para contextualizar el programa del concierto.

Hemos utilizado la primera persona, como si el propio Beethoven nos hablara directamente, para crear un mayor dramatismo narrativo y para facilitar al mismo tiempo la imaginación. Podéis comprobar que en ocasiones algunos comentarios biográficos no corresponden exactamente al momento de composición de la obra, pero hemos tratado de elegir aspectos biográficos especialmente significativos del compositor y que al mismo tiempo pudieran resultar entretenidos. Teniendo en cuenta que la última pieza cronológicamente compuesta de las interpretadas data de 1810, no habrían cabido peripecias vitales muy relevantes como la carta a la “amada inmortal” (1812) o su relación con el sobrino Karl y el problema en torno a su tutela.

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A continuación dejamos los textos elaborados que han servido de base para esta audición.

1. Viaje desde Bonn a Viena (Sonata nº 1, Op. 2 nº 1 – Allegro)

Me llamo Ludwig van Beethoven. Nací en Bonn en 1870. Mi abuelo llegó desde Flandes y fue maestro de capilla. Mi padre era un músico mediocre que bebía demasiado. Su obsesión era que yo fuera un nuevo niño prodigio como Mozart. Pero yo necesitaba una formación musical más tranquila que me supo dar mi primer gran maestro, Neefe. Empecé a trabajar como organista de la corte y así pude ayudar a mantener a mis hermanos. Cuando tenía 16 años viajé a Viena y allí Mozart me escuchó. Pero tuve que volver muy pronto a Bonn: mi madre estaba muy enferma y falleció. Mi padre también murió 5 años después. No me enseñó casi nada de provecho y sobre todo me dejó gran frustración. En la corte se decía que con su muerte bajaría mucho la recaudación de impuestos por el consumo de alcohol. Tenía que irme obligatoriamente y por supuesto el destino era Viena. Mozart había muerto pero allí estaba el gran Joseph Haydn.

Ya que hablo en España me gustaría recordar mis antepasados: una de mis abuelas, Josefina Pol, procedía de tierras levantinas. Y ya que estamos en Sevilla, esta ciudad y una prisión próxima fue el escenario para mi única ópera, “Fidelio”. Ahora escucharéis la sonata 1 que dediqué a Haydn, mi primer maestro en Viena.

2. Improvisador en Viena (Variaciones sobre un tema de Paisiello WoO 70)

Llegué a Viena en 1792, un mes antes de cumplir 22 años. Primero fui conocido como pianista y sobre todo como gran improvisador. Era frecuente que se realizaran duelos en los palacios de la nobleza. En 1800 llegó a Viena un pianista nacido en Berlín llamado Daniel Steibelt. Había estado en Francia y tenía mucho éxito. Los nobles promovieron un duelo de Steibelt conmigo. Una semana antes este pianista se había intentado burlar de mis obras y aquel día hizo trampas proponiendo para la improvisación una pieza muy infrecuente para violonchelo y piano. ¿Sabéis que hice? Cogí la partitura y la puse hacia abajo y comencé a leer el tema propuesto al revés y estuve improvisando durante más de media hora. Steibelt huyó del palacio y no consiguieron que regresara. Prometió que no volvería jamás mientras yo viviera en Viena.

La improvisación y la composición de variaciones era un buen recurso para obtener dinero. En cierta ocasión mi gran amigo Amenda, cuando le hablé de algunos problemas económicos por los que estaba pasando, me encerró con llaves en una habitación durante tres horas para que escribiera muchas variaciones para después venderlas. Ahora voy a ofreceros unas variaciones sobre un tema de Paisiello.

3. El príncipe Lichnowsky fue mi mecenas favorito (Sonata nº 8, Op. 13 – Grave. Allegro molto e con brio)

El príncipe Lichnowsky fue mi mecenas más querido, incluso llegó a ser mi amigo. Durante un tiempo, recién llegado a Viena dormía en el ático de su casa. Me asignaba una cantidad económica anual para poder vivir. En cierta ocasión le dijo a uno de sus trabajadores que acudieran primero a mi llamada antes que a la del propio príncipe. Esa era la enorme estima que me tenía. Pero cuando me enteré contraté a mi propio trabajador. En cierta ocasión cuando estaba en la casa de campo del príncipe tuve un fuerte enfrentamiento con él: quería que tocase el piano ante unos soldados franceses. Yo me negué y me encerré en mi habitación. Si no hubieran mediado nos habríamos pegado. Me escapé y por supuesto que no toqué el piano. Le dejé como despedida aquella nota que podéis leer en mis biografías: “príncipes hay muchos, pero Beethoven sólo hay uno”. También, por cierto, rompí un busto del propio Lichnowsky. Nuestra relación ya nunca volvió a ser como antes. A pesar de estas disputas siempre fue mi gran mecenas y yo le dediqué obras inmortales, como por ejemplo esta sonata “Patética”. Pagado está con mi arte lo que él me ayudó. Su inmortalidad a fin de cuentas es gracias a la mía.

4. Una dedicatoria equivocada: Napoleón no era quien pensé (Sonata nº 8, Op. 13 – Adagio cantabile)

Sí, esta sonata fue mi primer gran triunfo pianístico como compositor. Ya sabéis que también compuse 5 conciertos para piano y orquesta y 9 sinfonías, algunas también inmortales, por ejemplo la 3ª, “Heroica”. Contaré qué pasó. Desde mi juventud estaba enamorado de las ideas iluministas, de la nueva libertad que venía de Francia. Y entonces apareció el cónsul Napoleón Bonaparte y yo, animado por un general francés que vivía en Viena, empecé a componer lo que iba a ser la Sinfonía Bonaparte en honor a Napoleón. Pero un día me dijeron que se había autocoronado emperador y entonces rompí la parte superior de la hoja donde estaba la dedicatoria. Desde entonces pasó a conocerse como “Heroica”. Ahora seguimos con la sonata 8, “Patética”, nombre que yo mismo asigné a la obra por su “pathos”, esto es, por el sentimiento profundo que la embarga. En cambio, otros títulos famosos como Claro de luna o Appassionata no son míos, sino puestos por los editores con intención comercial.

5. Debo permanecer siempre en Viena (Sonata nº 8, Op. 13 – Rondo: allegro)

Hubo un momento en que estuve a punto de marcharme de Viena. Mi arte merecía mayor reconocimiento del imperio de Austria. Me llegó una oferta desde una región alemana gobernada por Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón. En realidad yo hice correr la idea por Viena y tuve cierto éxito ya que tres importantes nobles se comprometieron a entregarme 4000 florines anuales: eran Lobkowitz, Kinsky y el archiduque Rodolfo. Este contrato me impedía irme de Viena y me daba la posibilidad de trabajar en la ópera imperial. Me quedé para siempre pero el contrato fue incumpliéndose por bancarrota y muerte de los príncipes. Yo he sido eterno y también uno de los firmantes, el archiduque Rodolfo, gracias a las obras que le dediqué, el concierto Emperador o sonatas como la Hammer-Klavier. ¡Ah, pero seguimos con el rondó de la Patética!

6. Estuve desesperado: el Testamento de Heiligenstadt (Sonata nº 18, Op. 31 nº 3 – Allegro)

En 1802 estaba pasando una profunda crisis. La sordera que me acechaba desde hacía unos años ya no podría impedirla ningún médico. Me quedaría sordo. Además, me daba miedo el rechazo social que me acarrearía como compositor e intérprete. No podría escuchar mi propia obra. Tuve pensamientos suicidas. Pero el arte y la virtud me hicieron revivir. Escribí una carta a mis hermanos hablando sobre mi desesperación. Esta carta apareció después de mi muerte y se ha conocido como el Testamento de Heiligenstadt. Cuando la escribí ya había pasado lo peor.

Precisamente en esta época esbocé el comienzo de la sinfonía “Heroica” y rondando este documento compuse dos sonatas para piano como la Tempestad y La caza. Me gustaría que cuando escuchéis los siguientes sonidos sintáis que detrás había una vida y que precisamente el arte de estas obras sirvió como redención. Quería vivir por el arte.

7. Reconozco que mi carácter era difícil y algo altivo (Sonata nº 1, Op. 2 nº 1 – Allegro)

Siempre se ha dicho que mi carácter era difícil. No voy a negarlo. Mi primer atisbo de sordera surgió precisamente después de un ataque de ira. Es cierto que tenía mis rarezas, por ejemplo cambiaba continuamente de domicilio. Recuerdo que un día en una taberna vienesa el camarero se equivocó al darme la comida y le estampé el plato de ternera con salsa en la cabeza. En otra ocasión, una princesa anciana me invitó a una velada junto a la aristocracia y, como éramos muchos, no me correspondieron cubiertos para comer. Me fui. Siempre quise distanciarme de aquellos que trataban al artista con cierto desprecio.

Recuerdo el día en el balneario de Töplitz en el que paseaba con Goethe. Aunque era ya un escritor de gran fama, mostraba siempre una actitud servil hacia el poder. Cuando nos encontramos de frente a la familia imperial austriaca yo le dije: “Continúe cogido a mi brazo, son ellos quienes deben dejarnos pasar”. Pero Goethe se apartó y yo avancé solo. La familia imperial me dio paso. Así entendía mi grandeza como artista, por encima de cualquier poder.

8. Mi sobrino Karl me dio muchos disgustos (Sonata nº 25, Op. 79 – Presto alla tedesca)

Antes de que muriera mi hermano Karl Caspard intenté que me concediera la tutela sobre mi sobrino Karl. Sin embargo tuve la decepción de que sólo fue una tutela compartida con Johanna, su madre. Yo siempre tuve gran recelos sobre la moralidad de ella, así que conseguí que la justicia me diera la tutela sobre mi sobrino. Desgraciadamente las cosas no fueron muy bien. Karl no quería seguir mis consejos y llevaba una vida desordenada. Czerny, sí ese músico del que tantos estudios tocáis y que fue mi alumno, le estuvo dando clases. Pero su vida no estaba hecha para la música. Además debo reconocer que yo no facilitaba nada la situación y lo agobiaba exageradamente. Un día Karl intentó suicidarse y entonces me convencí de que tenía que dejarlo en paz. Prefería irse al ejército. Lo vi por última vez poco antes de mi muerte. Ya me habría gustado que mi sobrino hubiera tocado esta sonata con gusto, ese canto del cuclillo que me acerca otra vez a la naturaleza.

9. Carta a la amada inmortal (Dos bagatelas Op. 33)

“Mi ángel, mi todo, mi yo… ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla? ¿Puede consistir nuestro amor en otra cosa que en sacrificios, en exigencias de todo y nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía y yo enteramente tuyo?”

Sí, es el comienzo de la carta a la amada inmortal que escribí en julio de 1812. Me alegra que se hayan dicho tantas cosas. ¿Quién era esa amada inmortal? Os dejaré con la duda: podría ser Antonia Brentano o tal vez Josephine von Brunswick a la que tanto quise. Esta carta la escribí con 41 años y, como casi siempre, su destinataria era una mujer inalcanzable porque ya estaba casada. Tenéis algunas pistas y como policías buscáis en las telarañas del pasado: estuve con esta mujer unos días antes en Praga y después llegué al balneario de Töplitz desde donde escribí la carta. Mi arte de todas formas también exigía que yo permaneciera en soledad. Estas bagatelas las compuse antes pero tienen el sabor lírico de lo que después será el romanticismo. Son piezas breves que anuncian a Mendelssohn, Schumann o Brahms. El latido de estas piezas me sigue uniendo a la amada inmortal.

10. El final llegó bajo la tormenta (Sonata nº 17, Op. 31 nº 2 – Largo. Allegro)

Dicen las biografías que durante mi muerte el 26 de marzo de 1827 hubo una tormenta descomunal. Algunos dicen que mi última frase fue: “Aplaudid amigos, la comedia ha acabado”, lo que sería un final adecuado a mi amor por Shakespeare. Según otros, algún amigo trajo unas botellas de vino y yo dije algo así como: “(…) lástima, demasiado tarde” (193 años después de mi muerte ya no puedo ni recordarlo). Luego levanté el brazo hacia el cielo y con el puño apretado expiré. Pero ahora celebráis el 250 aniversario de mi nacimiento y escucháis mis piezas. Yo soy inmortal porque sigo viviendo en vuestros oídos. Como le dije en su día a un violinista, “no escribo para vos; mis obras son para el futuro”. Ahora os dejo, no hay tormenta pero sí la música de la sonata que todos conocen como “La tempestad”, otro guiño a mi querido Shakespeare.

Siempre vuestro

Beethoven, amado inmortal